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Recuerdos de la Sra. Mardîiah Hadîdchî (conocida como Dabbâq)
Para quienes están familiarizados con la historia de la Revolución Islámica de Irán, este nombre es sinónimo de valentía, resistencia, sacrificio y revolución. Años antes del triunfo de la Revolución Islámica, la Sra. Dabbâq comenzó sus actividades políticas en contra de la dinastía pahlavi ayudando a grandes personalidades de entre los mártires de la Revolución como Aiatul·lâh Sa’îdî y Aiatul·lâh Rabbanî Shirâzî. Pasó años de su vida en las lúgubres cárceles dentro de celdas individuales del régimen pahlavi. Soportó muchas torturas psíquicas y físicas. Frente a sus ojos martirizaron a su pequeña hija, pero todo ello no la hizo dudar ni por un solo instante de su objetivo. Su situación se volvió tan crucial que tuvo que salir del país para no ser ejecutada, dejando a su esposo al cuidado de sus ocho hijos. He aquí algunos de sus recuerdos: Dentro de la cárcel, los oficiales, que estaban irritados por nuestra resistencia y tolerancia, una noche vinieron y salvajemente arrebataron a mi pequeña hija Ridwânah de mis brazos. Mis gritos y clamores no surtieron efecto… Desesperada e inquieta me movía en esa célula de 1 x 1,5m., y de vez en cuando miraba hacia el corredor por un pequeño agujero que había en la puerta. Los gritos y llantos desgarradores de mi pequeña no cesaban. Ni siquiera el silencio de la noche hacía llegar los gritos a algún lugar. De repente todos los ruidos se silenciaron. ¡Dios mío, ¿qué sucedió?! El temor cubrió todo mi ser. La incertidumbre no me permitía respirar. Escuchaba los latidos de mi corazón. ¡Dios mío! ¿qué sucedió?! ¿Qué hicieron con Ridwânah? A las cuatro de la madrugada, en que al igual que un ave a la que le extirpan sus alas, me batía contra las paredes de la celda, escuché el ruido de la puerta que se abría y me lancé hacia fuera. ¡Dios mío! ¡Qué veía! Eso era Ridwânah, que con su cuerpito ensangrentado, los agentes la arrastraban por el suelo trayéndola hacia mí. ¡Ese pedazo de carne lanzado al suelo es mi Ridwânah, es mi alma, parte de mí…! A las siete de la mañana vinieron y envolvieron su cuerpo sin alma dentro de una frazada y se la llevaron. Imaginar a Ridwânah sin vida me desesperaba. Golpeaba a la puerta y gritaba: «¡Llévenme a mí también, quiero ir junto a mi hija, ¿qué han hecho con ella?! ¡Asesinos, criminales!». De pronto, en esos mismos instantes el melodioso sonido de la lectura del Corán me dejaron embargada: Uasta’inû bis-sabri was-salât ua innahâ la kabîratun il·la ‘alal jâshi’în - «¡Procurad ayuda en la paciencia y la oración! Por cierto que ello es excesivo, excepto para los sumisos (a Dios)» (2: 45). Era como agua fría sobre este cuerpo ardiente. ¡Qué bellamente eran recitadas las aleyas del Corán! Era como si Dios Mismo me hablara y me invitara a la paciencia y la oración. Me senté sobre el suelo y volví en mí, y recién entonces me percaté de todo lo que había sucedido la noche anterior. La voz era la de Aiatul·lâh Rabbânî Shirâzî, que me consolaba lastimosamente…Su celda no estaba muy distante de la mía y había presenciado todo lo que yo había vivido.
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Estando fuera de Irán los hermanos revolucionarios llegaron a la conclusión de enviar un representante a Nayaf para visitar al Imam y explicarle la situación de las actividades del grupo revolucionario, los problemas económicos, etc. Con este fin nos eligieron al Sr. Damavandî y a mí. Partimos hacia Irak. Esta oportunidad era una ilusión para mí, ya que podría visitar de cerca a mi guía y líder… Finalmente me encontré a mí misma frente a la luz sin saber cómo comenzar a hablar. Después de intercambiar los saludos, dije: “Soy Dabbâq.” Preguntó: “¿La misma Dabbâq que el Aiatul·lâh Sa’îdî menciona en sus cartas?”. Dije: “Sí. Durante un tiempo fui su alumna y trabajé con él.” Luego le presenté un breve reporte de todo lo sucedido en Irán respecto a las actividades y la situación del grupo revolucionario. El Imam, con toda tranquilidad escuchó mis palabras y tras ello me dijo: “Cuéntame de la cárcel.” Fue así que le narré todo el proceso de mi detención, interrogatorio, la cárcel y las torturas infligidas a mi hija y a mí, así como la situación de otros detenidos en la prisión de Qasr, y al final le dije: “Ahora yo estoy aquí y mis ocho hijos allá. No sé qué hacer. Si vuelvo temo ser encarcelada nuevamente, y si no regreso, ¡mis ocho hijos sin madre qué harán! No sé qué debo hacer.” En estas circunstancias fue increíble la predicción de Imam, quien me dijo: “¡Quédate aquí! Si Dios quiere la situación cambiará y volveremos todos juntos”. ¿Acaso eso era posible? Aunque en su momento surgieron para mí miles de interrogantes en torno a esa frase, pero por la fe que yo tenía en el Imam, creí en sus palabras y esperé. Antes de retirarme de la habitación le pregunté: “¿Entonces usted me permite dirigirme al Líbano y luchar junto a mis hermanos y hermanas palestinos hasta que cambie la situación de Irán?”. Dijo: “Debes servir en cualquier lugar que consideres puedes ser beneficiosa para el Islam. Esto es un deber”.
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En los cuatro meses que el Imam Jomeini residió en Francia, la Sra. Dabbâq vivió en casa del Imam al servicio de la Revolución. Cuenta de esos días: “De entre otros trabajos durante los primeros días de mi ingreso a la casa del Imam en Neauphle-le-Chateau, yo me ocupaba de la apertura de las cartas que llegaban desde diferentes partes del mundo para el Imam. Parte de su tiempo el Imam lo ocupaba en leer esas cartas y respondía a alguna de ellas personalmente. Teniendo en cuenta la gran cantidad de cartas y paquetes que recibía, existía la probabilidad de cualquier peligro. Temía por su vida a través de esta vía, es así que yo abría los sobres en la cocina utilizando un método que había aprendido, y luego ponía las cartas bajo su disposición. Un día el Imam entró a la cocina y me vio abriendo las cartas y dijo: “¡Hermana Mardîiah! No estoy de acuerdo con que usted se ocupe de esto”. En principio no entendí su intención. Pensé que quizás no quería que yo leyera las cartas, por eso le dije: “¡Señor! ¡Por Dios que no las leo! Solo las abro por cuestiones de seguridad.” Dijo el Imam: “¡No te lo digo por eso!, lo digo porque si es peligroso para mí entonces lo es también para ti. ¿Por qué tendrías que exponerte al peligro?”. Dije: “Hay una comunidad y un pueblo que lo esperan”. Dijo: “¡Tienes ocho hijos que te esperan!”. Le expliqué: “Me entrené al respecto por lo que estoy menos expuesta al peligro.” Dijo el Imam: “Entonces ven algún momento y enséñame a mí también.” Este trato del Imam hacia las personas revelaba una clase de solidaridad y una muestra de que jamás veía diferencias entre sí mismo y los demás, considerándose al mismo nivel que la gente y no superior a ellos. Valoraba la vida de los demás al igual que uno valora su propia vida.
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No podía creer que tras tres años y siete meses pisaba nuevamente el sagrado territorio de Irán y que otra vez mis ojos se iluminarían al ver a mis hijos. Cuando pisé las avenidas de Teherán me hallé frente a un escenario increíble. Los símbolos de la revolución y la epopeya se observaban por todas partes. Antes imaginaba a las calles de Teherán repletas de tanques, trincheras y armamentos bélicos, pero ahora veía otra cosa. La alegría y el fervor lo cubrían todo y las flores adornaban las puntas de las armas.
Traducción: Z. R. - S. Y. |