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Jomeini, señal de Al·lah para toda la humanidad

 

Por: Bahlul

En el Nombre de Al·lah, El Compasivo, El Misericordiosísimo

 «Hay gente que obedece a Al·lah para ganar sus favores y actúan igual que los empresarios, comerciando con Al·lah.

Hay quienes obedecen a Al·lah por mantenerse libres de su cólera, actuando como esclavos.

Pero hay pocas personas que obedecen a Al·lah por un sentido de gratitud y obligación, actuando de manera noble y correcta.»

Nahj-ul Balaghah

 

Al sentarme a pensar sobre el Imam he llegado al punto de dar por inútil todo intento de querer abarcar su esencia. He procurado delimitar mis emociones hacia él, he intentado centrar mis pensamientos para describíroslo según lo veo y he acabado remitiéndome al ‘risalatul ahadiyah’ del maestro Ibn al-Arabi:

Es preciso conocerle pero no por la ciencia, la inteligencia, la imaginación, la sagacidad, los sentidos, la visión exterior, la visión interior, la comprensión o el razonamiento.

Nadie, salvo Él mismo, puede verle. Nadie, salvo Él mismo, puede asirle. Nadie, salvo Él mismo, puede conocerle. Nadie distinto de Él puede ocultarle. Él se ve y se conoce a Sí mismo. Su velo impenetrable es su propia Unidad. Él mismo es su propio velo. Su velo es su propia existencia. Su Unicidad le vela de forma inexplicable.

Pues, ¿cómo habría yo de poder penetrar en la esencia de un hombre que estuvo siempre en contacto directo y cercano con Él?

Por eso, porque dejo por inútil todo intento humano de encerrar en una hornacina tanta luz, me limito a recordar el Corán: «Su Luz es comparable a una hornacina en la que hay un pabilo encendido. El pabilo está en un recipiente de vidrio, que es como si fuera una estrella fulgurante.»

Si Jomeini es un faro en la mar oscura de nuestro discurrir por la vida, ¿qué marinero hay que encierre un instante de ese destello en un recipiente cualquiera?

Así pues me referiré al Imam desde alguna de sus facetas, la más humana, la que más cerca me coge. Hombre de carne y hueso que fue para el mundo lo que eran para mí las estrellas fugaces en la noche cuando era niño: algo que nos asombra, que nos hace preguntarnos de donde vienen y hacia donde van, y aun así nos hacen soñar despiertos.

Tuve conocimiento del Imam hace años, en mi ciudad natal. Un lugar donde era un terrorista y un hombre cegado. ¿Han visto ustedes una bombilla estallar? Así me sentí yo cuando tras conocer el Islam, conocí al Imam.

Este hombre no me deja de asombrar, me dijeron que ya estaba muerto, pero yo no soy capaz de encontrar la diferencia que existe entre él en vida y él en muerte. Cuando miro alguna de sus fotos no dejo de ver sino una fachada humana tras la que se esconde un abismo de humanidad y proximidad a Al·lah. Eso es lo que hace de él un Imam para mí.

Y es que todo lo que dice me hace parar mi ritmo normal, aún no leí ni una sola de sus frases, escritos o análisis que me dejen indiferente. Todas constituyen para mi alma un poderoso muro contra el que se estrella mi ignorancia y mis pasiones. Un hombre que es capaz de conseguir algo así en tanta gente no puede ser un hombre normal.

Por sus venas corre la sangre de nuestro amado Profeta. Es, fue y será la palanca con la que Arquímedes de Siracusa hubiese movido el mundo. Y de hecho el pueblo iraní así lo hizo. Si Al·lah no considerase necesario enviar hombres que nos indicasen con su luz por dónde continúa la senda, no hubiese enviado a Jomeini.

Dijo al respecto el señor de los mártires dirigiéndose a Al·lah: "¿Cuándo has estado ausente alguna vez? Son los ojos ciegos los que han sido incapaces de percibir Tu presencia."

Jomeini, ¡continúa mostrándonos el camino recto que nuestros pies han de seguir!

No sólo nos invitó amablemente al sendero de Al·lah, sino que él mismo se puso al frente con cuerpo y alma. Nos dejó dicho todo lo que Al·lah quiso decirnos por su boca, y eso hermanos míos, es más que ‘mucho’.

Nos invita a confiar en Al·lah y en nosotros, nos enseña que nuestro mayor enemigo reside en nuestro corazón, que quien se levanta por la causa de Al·lah tiene el triunfo asegurado, que hemos de ser humildes, que hemos de ser firmes con nosotros mismos. ¡Es que no sólo fue un maestro, sino que aún los ojos del corazón lo pueden ver al frente de toda una columna de hombres y mujeres, guiándolos, guiándonos con ánimo y honestidad!

¿Que Jomeini murió? Pude ver imágenes de su muerte y posterior entierro. Hermanos míos, ¿qué fue lo que enterrasteis? Ya les gustaría ver a más de un pobre diablo toda su dimensión enterrada bajo tierra, pero ¿es que acaso se puede enterrar la palabra y el corazón?

En su faceta política –si es que lo podemos diseccionar- no sólo fue un líder, sino un hombre que habló claro y que luchó contra el enemigo de su época, el de todas las épocas. Dirigió a valientes hombres y mujeres al frente de los campos de batalla, donde obtuvieron la victoria y la eternidad, frenó los embates del sionismo y todo intento de apagar la luz que desde la santa ciudad de Qom destellaba e iluminaba todo el mundo conocido.

En su faceta religiosa, sólo Al·lah conoce hasta qué punto consiguió llegar. Cuando lo veo disertar sobre el adab us-Salat, sobre los principios de la Unidad, en sus comentarios a la surat al-Hamd, en sus artículos sobre mística y espiritualidad... me doy cuenta de que a un hombre así no se lo alcanza con el intelecto.

Cada día que leo algo suyo me doy cuenta de que mi punto de vista sobre él no es un punto de vista lógico, pues éste no varía. Mi opinión sobre él no cambia en nada, sigo mirando el vertiginoso abismo que representa su vida y esencia.

Podría haber intentado centrar este artículo en cualquiera de sus posturas, pero como dije en un principio, si a Al·lah no se lo puede abarcar, y Jomeini vivió en Al·lah en todo instante, ¿qué más podría decir sobre él sino que invitó a todo humano, creyente o incrédulo, a conocerlo por sí mismo?

Paz.