Mensaje del ayatolá Jamenei, el Líder Supremo de R. I. de Irán en ocasión del Haŷŷ – 2016

En el nombre de Dios, el Compasivo, el Misericordioso

 Toda la alabanza pertenece a Dios, el Señor de los mundos. Que el saludo de Dios sea con nuestro maestro Muhammad y su Descendencia inmaculada, y con los compañeros elegidos, y con aquellos que los siguen de manera justa hasta el Día del Juicio.

¡Hermanos y hermanas musulmanes de todo el mundo!

Para los musulmanes, el periodo del  Haŷŷ es un momento de orgullo y gloria a los ojos de los siervos de Dios, época esclarecedora de los corazones, época de humildad ante el Creador y de oración solemne.

El Haŷŷ es una obligación celestial, terrenal, divina y congregacional. Por un lado, los mandamientos del Sagrado Corán [donde se dice]: «Recordad a Dios como recordáis a vuestros padres o con un recuerdo aún mayor. (2:200) y «Recordad a Dios en días determinados» (2:203), y por otro, la declaración [del Corán sobre que] «Y a la Mezquita Sagrada, la cual dispusimos para toda la gente, tanto para los residentes como para los de fuera, y a quienes pretendan cometer en ella injusticia y opresión, les haremos probar del castigo doloroso» (22:25), arrojan luz sobre sus infinitas y diversas dimensiones.

Durante esta obligación sin igual, la seguridad en el periodo y el lugar donde se lleva a cabo, como una señal clara y una estrella brillante otorga tranquilidad a los corazones de los seres humanos y aleja a los peregrinos del Haŷŷ del cerco de la inseguridad creado por los opresores que dominan y amenazan constantemente a la humanidad, y les hace saborear el placer de la seguridad durante dicho periodo.

El Haŷŷ de Abraham, que el Islam ha presentado a los musulmanes como un regalo, es la manifestación del orgullo, la espiritualidad, la unidad y la gloria. Les demuestra a los malévolos y enemigos, la grandeza de la comunidad islámica y su dependencia del poder eterno de Dios. Pone de relieve la distancia entre los musulmanes y el pozo negro de la corrupción, la humillación y la tiranía que los opresores y los prepotentes internacionales imponen sobre las sociedades.

El Haŷŷ islámico y monoteísta es la manifestación de la «firmeza contra los incrédulos, y la amabilidad [de los creyentes] entre sí» (Corán 48:29). Es la fortaleza de renunciar a los incrédulos y la promoción de la amistad y la unidad entre los creyentes.

Los que han reducido el Haŷŷ a un viaje religioso-turístico y han ocultado su hostilidad y malevolencia hacia el pueblo fiel y revolucionario de Irán bajo el subterfugio de «politizar el Haŷŷ», son en sí mismos pequeños e insignificantes satanes que tiemblan ante el temor de poner en peligro los intereses del Gran Satán: Estados Unidos.

Los gobernantes saudíes, que este año han obstaculizado el camino de Dios y la Mezquita Al-Haram y que han bloqueado el camino de los orgullosos y fieles peregrinos iraníes a la Casa del Amado (Dios), son personas sin honra y equivocadas, que piensan que su supervivencia en el trono de la opresión depende [de sus actos en] defensa de de las potencias arrogantes del mundo, de alianzas con el sionismo y Estados Unidos y del cumplimiento de sus demandas. Y en este camino, son capaces de cualquier traición.

Ha pasado casi un año desde los terribles acontecimientos en Mina, en los que miles de personas perdieron trágicamente la vida bajo el inclemente sol y con la boca seca y sedienta, en el día del Eid (Al-Adha), mientras vestían las ropas del Ihram. Poco antes, otro grupo de personas que realizaban —actos de adoración— el Tawaf y la oración, murieron aplastadas en la Mezquita Al-Haram.

Los gobernantes saudíes son culpables en ambos casos. Esto es en lo que todos los presentes, observadores y analistas, coinciden. Algunos expertos sostienen que los incidentes fueron premeditados. La vacilación y la falta de acción a la hora de rescatar a los moribundos y heridos, cuyas almas entusiastas y corazones cautivados rezaban en el Eid Al-Adha, también es evidente e incontrovertible. Los despiadados y criminales saudíes metieron a los heridos y a los muertos en los mismos contenedores en lugar de proporcionarles tratamiento médico y socorrerlos o al menos calmar su sed. Ellos los martirizaron.

Miles de familias de diferentes países perdieron a sus seres queridos, y sus naciones quedaron desoladas. De la República Islámica, cerca de medio millar de personas se encontraba entre los mártires. Los corazones de sus familias todavía están rotos y acongojados y siguen desconsolados y airados.

En lugar de disculparse y mostrar remordimiento, y procesar a los culpables directos de esta horrible tragedia, las autoridades saudíes —con la mayor desvergüenza e insolencia— se negaron a permitir la formación de una comisión de investigación internacional islámica.

En vez de sentarse en el banquillo de los acusados, actuaron como si fueran los demandantes y con el aumento de la mala voluntad y vileza, revelaron su vieja enemistad hacia la República Islámica y hacia cualquier bandera del Islam que se haya levantado en contra de la incredulidad y la arrogancia.

Las voces propagandísticas de los políticos cuyo comportamiento hacia los sionistas y Estados Unidos es una fuente de vergüenza para el Mundo Islámico, de los muftís impíos y pecadores que descaradamente emiten fetuas contra el Libro [Sagrado] y la Sunnah, y de los medios de comunicación dependientes —que ni los códigos de ética profesional les impide inventar y se propagar mentiras— están haciendo esfuerzos inútiles para mostrar a la República Islámica como culpable de que los peregrinos iraníes hayan sido privados del Haŷŷ de este año.

Los gobernantes promotores de la fitna mediante la formación de grupos takfiríes —a quienes también les suministran armas— han sumido al Mundo Islámico en guerras civiles, asesinando, hiriendo y derramando la sangre de los inocentes en Yemen, Irak, el Levante, Libia y otros países.

Los políticos ateos que han ofrecido su amistad al régimen sionista, han cerrado sus ojos ante los sufrimientos y catástrofes desgarradoras de los palestinos y han extendido su opresión y traición a las ciudades y pueblos de Bahréin. Los gobernantes irreligiosos y sin escrúpulos que ocasionaron la gran tragedia de Mina y que bajo el título de «servidores de los dos lugares Santos», no respetaron la santidad divina y sacrificaron a los huéspedes de Dios en el día de Eid en Mina y poco antes en la Mezquita Al-Haram. Ahora estas mismas personas están diciendo que «no se debe politizar el Haŷŷ» y acusan a otros de los pecados capitales que ellos mismos han cometido y causado.

Ellos son el ejemplo perfecto de la descripción esclarecedora del Sagrado Corán: «Y, cuando te da la espalda, se esfuerza por corromper en la Tierra y destruir la cosecha y el ganado. Y Dios no ama la corrupción. Y si se le dice: ''¡Teme desagradar a Dios!'', se apodera de él un orgullo pecador. El Fuego del Infierno será su retribución. ¡Qué mal lugar para descansar!». (2:205-206)

De acuerdo a los informes, este año también, además de prohibir la participación de los peregrinos iraníes y de algunos otros países, han puesto bajo una vigilancia y control sin precedentes a los peregrinos de los países participantes, con la ayuda de las agencias de espionaje de Estados Unidos y el régimen sionista, y han vuelto inseguro para todos el divino santuario.

El Mundo Islámico, incluyendo los gobiernos y los pueblos musulmanes, deben conocer a los gobernantes saudíes y entender correctamente su naturaleza blasfema, carente de fe, dependiente y materialista. No deben permitir que esos gobernantes eludan su responsabilidad por los crímenes que han causado en todo el Mundo Islámico.

Debido al comportamiento opresivo de estos gobernantes hacia los huéspedes de Dios, el Mundo Islámico debe reconsiderar fundamentalmente la gestión de los dos lugares sagrados y la cuestión del Haŷŷ. La negligencia en este sentido se enfrentará a la comunidad islámica con problemas más graves en el futuro.

¡Hermanas y hermanos musulmanes! Este año los peregrinos iraníes entusiastas y sinceros estarán ausentes en las ceremonias del Haŷŷ, pero estarán espiritualmente presentes entre los peregrinos de diferentes partes del mundo, preocupados por ellos y rezan por que la progenie maligna del taghut no consiga dañarlos.

Recordad a vuestros hermanos y hermanas iraníes en vuestras oraciones y súplicas, rogad por el fin de los sufrimientos de las naciones islámicas y para que la comunidad islámica mundial (ummah) sea liberada de las manos de las potencias arrogantes, los sionistas y sus seguidores.

Honro la memoria de aquellos que fueron martirizados el año pasado en Mina y en la Mezquita Al-Haram y de los mártires de la Meca del año 1987. Le pido a Dios —Exaltado sea— les otorgue su indulgencia y misericordia y el lugar elevado que se merecen.

Extiendo mis saludos al Imam de la Época –que mi alma sea sacrificada por él- y pido a Dios que acepte las súplicas del honorable Imam por el auge de la comunidad islámica y la salvación de los musulmanes de la fitna y de la maldad de los enemigos.

Y la providencia pertenece a Dios y en Él confiamos.

Dhu al-Qa'dah, de 1437 — Septiembre del 2016

Seyyed Ali Jamenei

www.islamoriente.com, Fundación Cultural Oriente

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